EL LÍDER
Kao hablaba con su padre sobre su
desempeño en la universidad, mientras su madre servía la cena. Kao se dirigió a
su padre y le preguntó:
—¿Qué es lo más importante de estudiar
en la universidad, papá?
—Las calificaciones, Kao —respondió el
padre.
—Y para ti mamá, ¿qué es lo más
importante de estar en la universidad?
—Disfrutar de los estudios —replicó la
madre.
—Pero sí lo más importante son las
notas, ¿cómo hago para disfrutar de los estudios? —preguntó Kao.
—Mira muchacho, es muy sencillo. No te
compliques. Si te esfuerzas en obtener buenas calificaciones y apruebas tus
exámenes, esa sería la mejor muestra de que estás gozando tu vida universitaria
—explicó Tomás, el padre de kao.
La familia concluyó la cena y Kao se
fue pensativo a su recámara. Al día siguiente, se levantó, desayunó y se marchó
a la universidad. Ese día iniciaba el festival de Física. Había muchos
profesores y conferencistas de otras universidades en el auditorio central de
la Facultad de Ingeniería. El evento era de gran calidad y estaba muy bien
organizado. Luego de escuchar las dos primeras ponencias, se concedió un receso
y mientras los participantes compartían y entrevistaban a los expositores, Kao
salió al jardín y vio a un grupo de estudiantes, entre los cuales estaban
algunos de sus amigos, quienes lo invitaron a compartir un café. Kao,
entusiasmado, accedió.
La tertulia de los jóvenes era
variada: tomar apuntes para la conferencia y así completar el material para el
examen de Física de la próxima semana; la organización de la verbena para
recaudar fondos para un proyecto comunitario; el encuentro en la playa de los
surfistas, entre otros asuntos, que llenaban el espacio vital de aquellos
jóvenes.
La conversación concluyó y la
conferencia se reinició. Kao hizo varias preguntas y hasta obtuvo el correo
electrónico de dos de los conferencistas para establecer contactos futuros. El
muchacho sintió que su día había resultado exitoso, porque aprendió ciencia y
también compartió con sus condiscípulos.
Camino a su casa, se encontró con su
amigo Dionisio, quien le preguntó:
—¿Visitaremos hoy al Fenicio?
—No lo sé, tengo un montón de tareas
que hacer —respondió Kao.
—Está muy deprimido, porque su padre
se ha quedado sin trabajo, por lo de la crisis petrolera y considera que no podrá
acompañarnos al viaje que hemos planeado para vacaciones —dijo Dionisio.
—Bueno, déjame ver. Cuando llegue a
casa, te llamo para que nos pongamos de acuerdo —respondió Kao.
Kao llegó a su casa y su padre estaba
en la sala viendo la televisión y su madre atendía a una vecina.
—¿Cómo te fue hoy en la universidad,
Kao? —preguntó Tomás.
—Muy bien. La conferencia de Física
estuvo extraordinaria.
—Me alegro, hijo. Y ¿cómo te preparas
para la prueba de la semana próxima?
—He tomado algunos apuntes claves en
la conferencia y tengo algunos títulos en el cuaderno sobre libros de
ejercicios que me ayudarán.
—¡Excelente! —declaró con orgullo el
padre.
—Sin embargo, hay algo que me inquieta
—expresó Kao.
—¿Qué será? ¿Hay algún tema sobre el
cual albergas dudas? —inquirió sereno Tomás—.
—No. No. La preparación va marchando
bien. —dijo Kao.
—Entonces, ¿qué es lo que te preocupa
muchacho? Señaló el padre ya algo nervioso.
—¿Te acuerdas de Camilo Fuentes, el
Fenicio?
—Sí. ¿Qué hay con él?
—Está muy triste porque su familia
está atravesando por una situación muy penosa. —Kao relató a su padre la
situación del Fenicio.
—¿Cómo piensas ayudar a ese joven?
—preguntó Tomás.
—Aún no lo sé, pero Dionisio me
aconsejó que fuésemos a visitarlo.
—Está bien, Kao, pero recuerda que
tienes asignaciones académicas que atender —expresó Tomás, al tiempo que se
levantó silencioso. Apagó el televisor y se retiró a su estudio.
Kao llamó por teléfono a Dionisio para
concertar la visita a la casa del Fenicio, a las siete de la noche. Llegaron
con la puntualidad acordada y tocaron el timbre. Los recibió la señora
Amaranta, madre de Camilo. En su rostro se notaba la aflicción. En otros
tiempos, los invitados eran recibidos por la señora del servicio doméstico.
«Buenas noches, muchachos. Pasen
adelante. En un momento bajará Camilo, que hace poco llegó y fue a tomar una
ducha para refrescarse», dijo Amaranta.
En la sala de la enorme casa, estaba
el señor Zacarías Fuentes, padre de Camilo, sentado mirando fijamente el techo
como buscando una respuesta. De pronto, se incorporó y pausadamente clavó la
vista en la computadora portátil que tenía en su mesa. Zacarías había sido un
eminente ingeniero petrolero, que había viajado por casi todo el mundo y ya su
familia estaba acostumbrada a estar por temporadas en Sudamérica, África y el
Medio Oriente. Había alcanzado una posición muy alta en la empresa para la cual
prestaba servicios; lo que le generó importantes ingresos y le permitió
construir aquel caserón y colmar de atenciones a su esposa e hijos.
Pero el panorama global cambió y ahora
los accionistas de la compañía habían resuelto cerrar operaciones y dedicarse a
otros negocios. La liquidación fue jugosa y sabiéndola invertir podía iniciar
un pequeño negocio; pero Zacarías, más que el dinero, anhelaba su trabajo y
sentía que en aquella empresa quedaba también una parte importante de su
esencia de hombre productivo. Él pensaba que no estaba hecho para otra cosa. Él
y su familia estaban tristes y Zacarías intentaba desesperadamente encontrar
una salida, que lo llevara nuevamente a su trabajo en aquella empresa, pero la
realidad no podía cambiarse: la empresa había cerrado sus puertas.
Al cabo de unos minutos, Camilo bajó
de su habitación y atendió a Dionisio y a Kao, que lo esperaban. La señora
Amaranta les preparó unos platillos suculentos para la cena. Camilo disimulaba
ante sus amigos su pesadumbre, pero Kao que era muy decidido le preguntó:
—¿Cómo te preparas para el viaje
Camilo?
—Creo que no iré, Kao —respondió con
desgano.
—¿Por qué? —inquirió Kao.
—Porque mi familia está haciendo
algunos ajustes —explicó Camiló.
—¿Reparaciones de la casa? —preguntó
Dionisio.
—No —dijo Camilo.
—Y entonces, ¿de qué se trata, si se
puede saber? —preguntó Kao.
—Es que no puedo dejar a mis padres en
este momento, porque se sienten deprimidos. Bueno, todos en realidad nos
sentimos mal por mi padre —expresó Camilo.
—Si es por el problema de tu papá, ya
se arreglará. El señor Zacarías es un sujeto con una gran experiencia y ya
encontrará algo —exclamó Dionisio.
—La cuestión no es tan fácil como
ustedes lo ven —expuso Camilo.
—¡Anímate! —declaró con fuerza Kao.
Los muchachos continuaron la reunión,
haciendo un inventario de todas las actividades que tendrían por hacer, pero el
objetivo fundamental era animar a Camilo. Luego de un rato, los amigos se
despidieron y cada quien se marchó a su casa. Camilo se quedó un tanto más
reanimado.
Kao se durmió esa noche en medio de
maquinaciones, que en cualquier momento terminarían por conducirlo a una
solución.
—Buenos días hijo, ¿cómo te fue en la
reunión de ayer? —preguntó Ifigenia, la madre de Kao.
—Bien, mamá —dijo Kao. La respuesta
fue muy parca. Y la madre advirtió que a su hijo lo ocupaba algo.
—Te notas algo distraído. ¿Te sucede
algo? —Insistió Ifigenia.
—No, mamá. En realidad, sí. Lo que
sucede es que Dionisio y yo estamos buscando animar al Fenicio, porque está
deprimido, pues la empresa donde trabajaba su papá cerró y el señor Zacarías se
quedó sin trabajo.
—Ya veo. La situación no está fácil
para nadie, pero siempre habrá una solución —señaló con serenidad Ifigenia.
Kao convocó a Dionisio y a otros
amigos para explorar algunas alternativas para ayudar a Camilo. Los jóvenes se
reunieron en la universidad.
—Tadeo, ¿estás enterado del problema
de Camilo? —preguntó Dionisio.
—Sí. Es deplorable —respondió Tadeo.
—¿Y qué podemos hacer nosotros?
—preguntó Antonieta.
—Buscar una manera de ayudar a la
familia de Camilo —expresó Kao.
—¿No te parece mucha responsabilidad
para nosotros? —preguntó Esteban.
—Oigan. Esperen un momento. Nosotros
ya somos adultos y estudiantes universitarios. La idea es pensar para hallar un
camino —expuso Kao con convicción.
—Tienes razón, pero si de ayudar se
trata, sería una buena idea invitar a Camilo a esta reunión, porque así podemos
preguntarle a él también —dijo Antonieta.
—¡Perfecto! Me aparece excelente
—exclamó Kao entusiasmado.
—Llámalo por teléfono Antonieta.
—Ordenó con firmeza Kao.
—Inmediatamente —manifestó Antonieta.
Antonieta tomó su teléfono celular y
llamó a Camilo:
—Hola Camilo. Es Antonieta. Te llamo
para informarte que Kao y los muchachos queremos invitarte a una reunión aquí
en la plaza de la Facultad. ¿Vendrás? —preguntó presurosa.
—¿De qué se trata? —inquirió con
curiosidad Camilo.
—Necesitamos que nos ayudemos con unos
problemas de Álgebra —señaló Antonieta.
El Fenicio tenía una gran habilidad
para el Álgebra, las Matemáticas y la Física.
—Está bien. En media hora nos vemos
allá —respondió comprometido Camilo.
Finalmente, Camilo llegó a la
universidad y sus amigos lo estaban esperando, mientras tomaban refrescos y
comían galletas. Kao lo recibió y le dijo:
—Gracias por venir.
Los muchachos se habían puesto de
acuerdo, unos minutos antes de que llegara Camilo y ahora le presentaron al
Fenicio los ejercicios para conocer su opinión. Camilo los analizó rápidamente
y luego los miró fijamente a los ojos y les preguntó:
—En realidad, ¿les ha resultado tan difícil
resolverlos? Bueno. Entiendo. No hay problema. Ya resuelvo el primero y se los
explico —dijo Camilo.
El Fenicio estaba dictando una
perfecta cátedra de Álgebra, pero en su interior comprendía que había un
interés superior de los muchachos en haberlo convocado, por las traviesas
miradas de Tadeo y de Antonieta. Kao capturó rápidamente que Camilo estaba
descubriendo el artificio de los muchachos.
Kao tomó con madurez la palabra y le
manifestó a Camilo:
—En realidad, preparamos esta reunión,
Camilo, porque queremos ayudarte con lo del problema de tu papá y por eso
inventamos el asunto de los problemas de Álgebra.
—Ya me lo imaginaba. En verdad, ha
sido muy gentil de su parte tomar interés en ayudar a mi familia. Pero, ¿cómo
lo haremos? —preguntó Camilo.
La actitud de sus amigos le había transmitido
a Camilo esperanza, energía positiva y entusiasmo. Era una luz que se encendía
y quería ahora ser parte de la solución.
Los muchachos comenzaron a formularle
interrogantes a Camilo sobre las competencias, aptitudes, habilidades y
experiencias de su papá. Y uno de los jóvenes, tuvo una idea:
—Y qué les parece si postulamos al
señor Zacarías ante el Consejo Técnico de la Facultad como expositor en una de
las conferencias del Festival de Física —propuso Tadeo.
—Pero habría que averiguar bien, porque
yo creo que ya el Laboratorio de Física tiene el listado completo de los
ponentes —Sugirió Dionisio.
—Puede ser, pero recuerden que en el
festival del año pasado, dos de los conferencistas no pudieron asistir —dijo
Antonieta.
—¡Epa, muchachos, van muy rápido! No
sabemos si mi papá estará de acuerdo con esta proposición —intervino Camilo.
—Es verdad, pero si en lugar de lograr
una participación en el Festival de Física, que ya inició, por qué no
intentamos con las tutorías de la Escuela de Petróleo. El otro día yo me enteré
de una requisición de personal que estaba haciendo esa escuela —indicó Kao de
forma perspicaz.
—No perderemos nada con preguntarle al
profesor Jerónimo Zerpa, si existe alguna vacante en estos momentos —opinó
entusiasmado Dionisio.
—¿Vamos a preguntarle al mismo Decano
de la Facultad? —preguntó Antonieta con cierto temor reverencial.
—Claro, él es la autoridad y el que
puede darnos una información veraz —apuntó Dionisio.
—Perfecto, aprovechemos el tiempo y
vamos de una vez a su oficina, quizá esté desocupado y pueda atendernos —dijo
Kao.
El grupo se trasladó hasta la Escuela
de Petróleo y llegaron al despacho del Profesor Jerónimo Zerpa, Decano de la
Facultad de Ingeniería de Petróleo. Jerónimo Zerpa era un individuo muy
circunspecto. En su apogeo, allá por los años cincuenta, había trabajado muy
duro en las empresas petroleras norteamericanas y se formó también en las
universidades de Estados Unidos. Tuvo distintas asignaciones de trabajos en
prácticamente todos los continentes del mundo y era todo un geocientífico.
Incluso, había escrito obras en varios idiomas. Aceptó ese cargo, luego de
considerar que su tiempo en la gerencia internacional había concluido. Jerónimo
consideraba un compromiso de compartir con las nuevas generaciones sus
experiencias. Vivía solo con el último de sus cuatro hijos, quien se había
decidido por seguir la carrera docente. Su esposa había fallecido años atrás.
Los muchachos se anunciaron con el
asistente del profesor Jerónimo Zerpa, el señor Ernesto Zúñiga, quien les advirtió
que los días de atención al público eran martes y jueves y por ser miércoles,
tendría que consultar antes con el profesor para conocer su disponibilidad de
tiempo. Zúñiga era un sujeto afable y bien educado.
—Aguarden aquí un momento, sírvanse
café, si desean. Voy a hablar con el profesor Zerpa —dijo en tono suave y
conciliador.
El profesor estaba trabajando en su
nueva investigación, cuando Zúñiga le dijo: —Profesor Zerpa, afuera hay un
grupo de estudiantes que parecen muy ansiosos de hablar con usted.
Zerpa se quitó los lentes y con una
austera sonrisa, otorgó el permiso solicitado. Los muchachos no sabían cómo
empezar, porque estaban un tanto intimados ante la presencia -para ellos- de
aquel Dios del Olimpo. Pero, luego de un silencio que invadía la oficina, kao
tomó la iniciativa y expresó lo siguiente:
—Profesor Zerpa, gracias por
concedernos algo de su valioso tiempo, pero lo que nos ha traído hasta aquí es
sumamente importante...
—Continúe, joven —señaló Zerpa con los
ojos clavados en Kao, pero sin apartar ni un sólo segundo la vista del resto
del grupo.
—Queremos saber si existe alguna
vacante para profesor de tutorías, porque tenemos a uno de los mejores
profesionales en el área de petróleo y queremos recomendarlo —prosiguió Kao.
—¿Quién es? —preguntó Zerpa.
—Es Zacarías Fuentes, el padre de
nuestro amigo Camilo Fuentes.
Cuando Zerpa escuchó el nombre del
candidato, su rostro se iluminó. Muchos recuerdos de los años setenta en el
campo Lagunillas llegaron como fuertes olas a su mente. Zerpa era unos veinte
años mayor que Zacarías Fuentes, pero ambos trabajaron juntos en Venezuela,
durante un espacio de cinco años. Zerpa había sido Jefe de Fuentes y
compartieron muchas vivencias en aquellos tiempos. Después, por razones de
oportunidades de trabajo, cada cual tomó su rumbo en una trasnacional distinta
y dejaron de verse; pero Zerpa conocía muy bien a Fuentes.
Pasaron tres minutos, mientras Zerpa
regresaba de su viaje en la máquina del tiempo. Los muchachos no sabían si
pronunciar palabras hasta que el mutismo del ambiente se rompió cuando Zerpa se
puso de pie y le dijo a Kao:
—Díganle al señor Zacarías que lo
atenderé el próximo lunes a las nueve de la mañana y que sea puntual. Gracias
por su tiempo.
Los jóvenes salieron del despacho con
muchas expectativas. Camilo estaba muy contento. Les dio un gran abrazo a sus
amigos y con denuedo se marchó a su casa a darle la noticia a su padre. Cuando
Camilo llegó, el señor Zacarías estaba como de costumbre en la sala leyendo una
revista, pero en el fondo estaba buscando una salida de aquel dédalo.
—Hola, papá, ¿tienes unos minutos?
—preguntó prudentemente Camilo.
—Hola, hijo. Por supuesto. Dime, ¿qué
necesitas? —respondió con resolución Zacarías.
—Papá, el Decano de la Facultad está
requiriendo la contratación de un profesor para las tutorías de la Escuela de
Petróleo y nos dijo que le gustaría sostener una entrevista contigo.
—Y tú, ¿le has hablado de mí?
—interrogó intrigado Zacarías.
—Mis amigos y yo —respondió Camilo con
determinación.
—Bueno, pues parece que no podré
negarme. ¿Y cuándo será la entrevista? interrogó Zacarías.
—El lunes a las nueve de la mañana y
debes llegar con puntualidad, porque el decano es un hombre muy estricto —dijo
Camilo.
—Está bien, hijo. No hay problema.
Muchas gracias a ti y tus amigos por la gestión —respondió Zacarías, al tiempo
que le daba unas palmaditas de afecto en la espalda a Camilo.
Zacarías en el fondo no estaba muy
convencido de que el trabajo de tutor fuere el indicado para un hombre como él,
acostumbrado a liderar proyectos. Presentía que iba a estar todo el día en una
oficina siendo presa del tedio. Sin embargo, estaba dispuesto a asistir a la
entrevista, porque valoraba lo que Camilo y sus amigos habían hecho.
Camilo se mostró muy complacido
durante la cena y Amaranta lo notó. En la noche antes de dormir, Amaranta le
hizo el comentario a Zacarías y éste le explicó que Camilo y sus amigos habían
tomado la iniciativa de hablar sobre él con el Decano de la Facultad de Ingeniería
de Petróleo, que estaba necesitando a un profesor para atender las tutorías de
la escuela y que el lunes próximo debía asistir a una entrevista. Amaranta se
sintió muy contenta.
Llegó el día esperado. Zacarías y
Camilo se fueron a la universidad:
—Papá, ya casi es la hora de tu
entrevista. Yo tengo clases hoy hasta la diez de la mañana. Luego, me cuentas
los resultados. ¡Éxitos! —dijo Camilo.
—Muchas gracias, hijo —respondió
Zacarías.
Zacarías se dirigió al Decanato de la
Facultad de Ingeniería. De pronto, se detuvo en medio del pasillo cómo si
buscara algo. Se había olvidado de preguntarle a Camilo el nombre del
entrevistador. En ese instante, venía entrando el señor Zúniga, quien advirtió
la preocupación en el rostro de Fuentes:
—Buenos días, señor, ¿puedo ayudarlo?
—inquirió amablemente Zúñiga.
—Dentro de unos minutos tengo una
entrevista con el Decano de la Facultad, pero disculpe usted, no sé quién es
—expresó Fuentes avergonzado.
—No se preocupe, soy Ernesto Zúñiga,
asistente del Decano. Usted debe ser Zacarías Fuentes —replicó con seguridad.
—Sí —respondió Fuentes, un poco más
relajado.
—El profesor lo está esperando, sígame
por favor —indicó Zúñiga.
Fuentes entró a la oficina y sentado
allí estaba Jerónimo Zerpa, su antiguo jefe. No podía creerlo. No sabía qué
decir. Estaba verdaderamente sorprendido.
—¿Cuántos años han pasado desde que
nos vimos por última vez, Zacarías? ¿Cómo has estado? —expresó con fuerza el
insigne maestro al tiempo que le daba un fuerte apretón de manos a Fuentes.
—Jerónimo, en realidad, no sabía que
el Decano eras tú. Me da mucho gusto verte —dijo Fuentes.
Los viejos amigos olvidaron el motivo
de la entrevista y se dedicaron a rememorar la época en que trabajaron juntos.
Después de media hora, Zerpa le presentó el contrato de trabajo a Fuentes para
que lo leyera y éste lo firmó.
—El trabajo de formación que requieren
nuestros alumnos es significativo. Ya te darás cuenta. Comienzas mañana mismo.
Instruiré a mi asistente para que realice todos los trámites administrativos de
rigor —señaló Zerpa.
—Para mí será un placer trabajar
nuevamente contigo, Jerónimo —contestó complacido Zacarías.
Zacarías dio inicio entonces a sus
jornadas de tutorías. Los estudiantes animosos acudían todos los días a su
oficina en busca de orientación y ayuda para sus tesis de grado, trabajos de
investigación y asignaciones especiales. Aquella imagen momentánea de
aburrimiento que Zacarías se había hecho en su mente jamás se materializó y
comprendió que su vida laboral no había terminado; sino que se había
transformado y en parte, se lo debía a un grupo de muchachos que creyeron en
algo y en él y que con entusiasmo y fe le mostraron un camino, una salida.
Y por lo que respecta a Kao, logró
comprender que podía disfrutar de la vida y de la universidad.
Pablo Colina Fonseca.
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